UNO DE MIS SUEÑOS

Hoy volví a la calle donde nos conocimos. Recuerdo, como si tuviera tu fotografía en mi mente, que tenías un abrigo con caperuza azul celeste y tus pelos largos, negros, ondeaban al viento, esa imagen me hipnotizó.
Paseamos y vos dirigías, conocías las recovas de Paseo Colón, ahora es la Avenida Paseo Colón. Querías compartir conmigo tu descubrimiento.
Era de noche, recuerdo casi todo el paisaje de entonces. Ya no está todo. Hoy se ve menos. Se mantienen las escalinatas y las columnas de la Facultad de Ingeniería, a la que yo entré, hace mil años. Faltás vos o faltamos nosotros, de la mano.
Seguramente recordás que en la Avenida Belgrano (que no era avenida entonces) nos desviamos para ver la imagen del Convento Santo Domingo, portentoso.
Volvimos al Paseo Colón, a su parte más oscura, y mirábamos con recelo las puertas antiguas que se abrían solo si tocabas el timbre y te reconocían, vos querías tocar el timbre de una de ellas y yo no me animaba y te desanimé.  Porque eran prostíbulos encubiertos, y decían que quienes cubrían su seguridad eran hombres que   parecían salidos de los cuentos de cuchilleros de Borges. Mejor salir pronto y mirar lo menos posible.
Cruzamos la calle Independencia, donde yo viví de chico, Independencia entre Tacuarí y Piedras, ahora está ampliada y es la Avenida Independencia. Buenos Aires se agranda, como siempre.
Por fin llegamos a la esquina de Carlos Calvo, a dos calles del Mercado de San Telmo y ahí, en el Paseo Colón, entre Carlos Calvo y Humberto Primo, entramos en un bar, el tuyo, el que me querías mostrar.

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EL ESPEJO GUARANÍ

Entre las fotografías de su familia había un pequeño espejo decorado por una mujer guaraní. Juan encontró su cara en él y se le fue la mente a toda su vida. No era la primera vez que se veía la cara en un espejo, pero sí era la primera vez que se veía tan mayor y que se remontaba a sus primeros años, preguntándose cómo se había tragado más de setenta años.
“Hubo una época en la que destacaba por mi agudeza mental”, decía Juan, levantando la voz para quien quisiera escucharlo en el Café Libertad 8, concluía, con tristeza, que esa agudeza se le fue disolviendo con los años. Bebía mucho pero se mantenía erguido mientras seguía con sus chupitos de ginebra en sus jarras de cerveza.
“Luis Presti, mi maestro de tercer grado se asombraba de mi memoria”, él, Juan, estaba solo en su mesa, pero cuando quería hablaba en voz alta y nos contaba sus cosas.
“Cuando nos mandó  que escribiéramos una redacción con tema libre me despaché con la visita de la Gran Anna Pavlova, bailarina rusa que llegó a Buenos Aires y bailó en el Teatro Colón”, siguió diciendo Juan.
“El día antes fui con mi madre a la dentista, y en la sala de espera leí lo de la Pavlova. Presti, mi maestro, la leyó y se me quedó mirando como si yo fuera un primo de ET, y llamó a mi madre para que hablaran sobre mí.
Juan estaba muy cómodo en el tercer curso. Le costaba crecer, no participaba de la picardía de los otros chicos. El cuarto curso  le resultó difícil. En el barrio le iba bien, en apariencia, él sentía que todo: jugar a la pelota, correr, pelear, le resultaba muy cansador. Prefería leer y compartir su lectura con su amigo predilecto: Carlitos.
Su adolescencia fue terrible, en el primer curso, con  trece años, se encontró por primera vez con chicas que compartían el curso, su timidez le quitó su  viveza. (Posiblemente atenuó su timidez varios años después jugando a empatar a Don Juan, con bastante éxito).

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