LOS DESAJUSTES

“Uno escribe porque está desajustado con la vida”, dice Ricardo Piglia
Y debe ser cierto, aunque creo que se lee por lo mismo y se escucha música y se ve cine o teatro por lo mismo.
En la actualidad y hace 100 o 500 años las personas estamos desajustados con la vida.
¿Por qué? Supongo que cada uno tiene su respuesta.-

UNO

He cumplido en el séptimo día. Publiqué seis relatos cortos y un par de poemas míos, (con la voz potente de mi juventud) en este blog.

Ahora intento definir por qué publico relatos breves y poemas en Internet. Solo se me ocurre que es porque los escribo para que alguien, uno o cien mil, lea alguno de ellos y lo disfrute y en su pensamiento me lo agradezca, sea quien sea y viva en donde viva. Creo que para eso es Internet.

Desde el año 2000 escribí muchas páginas en distintas web y en blogs, salvo algunos poemas que publiqué lo demás fueron temas de mi trabajo, como psicoterapeuta o como coach profesional. Tener trabajo es como un regalo, trabajar es pesado y absorbente, en esta época de crisis más aún.

Hace un par de años conseguí una pensión y es un regalo y simultáneamente, un vacío o el borde de un precipicio. Trabajar por necesidad es muy pesado, pero dejar de hacerlo con la edad media de los pensionistas, asusta. Por suerte, en mí, el susto duró poco y empecé a escribir. Ahora estoy en un curso para aprender a escribir mi Autobiografía, de una forma que pueda resultar interesante. Quiero cuestionar muchas de las cosas que  hice y dije, por seguir la línea de alguien o alguienes a quien o quienes no analicé en profundidad.   Y así sigo.–

EN MÉXICO

Se despidieron muy mal. Él se puso celoso, ella defendió sus derechos y se marchó enojada. Pasaron varios días y él decidió ir a buscarla y pedirle perdón. Llegó a México y lo llamó a su amigo Patiño, le pidió la dirección de ella y tomó un taxi.

En la puerta de su casa, vio, en el suelo, un periódico, y lo levantó. Tocó el timbre y abrió el periódico delante de su cara, una ocurrencia para remarcar la sorpresa. Escuchó la voz de ella preguntando: “quién es”, pero se calló. Ella se puso nerviosa y entonces él bajó el periódico y le dijo: “soy yo”. Se hizo un silencio largo y por fin le abrió la puerta, pero no le dio un beso, y se mantenía detrás de una mesa. Quedaban enfrentados.

Sonó el timbre y apareció Patiño, lo agarró de un brazo y le dijo, “vamos a mi casa, ella está asustada”. Él no se lo podía creer, la miró con tristeza y salió con su amigo.

En la casa de él lo esperaban dos policías, le dijeron: “Deben quererlo mucho, porque nos pidieron que lo echemos de México sin hacerle daño. Eso no es muy normal acá.–

UNO DE MIS SUEÑOS

Hoy volví a la calle donde nos conocimos. Recuerdo, como si tuviera tu fotografía en mi mente, que tenías un abrigo con caperuza azul celeste y tus pelos largos, negros, ondeaban al viento, una imagen que me hipnotizó.

Paseamos. Vos dirigías, conocías las recovas de Paseo Colón, ahora es la Avenida Paseo Colón. Querías compartir conmigo un descubrimiento tuyo. Nos miramos, nos gustábamos, y seguimos caminando.

Era de noche, recuerdo casi todo el paisaje de entonces. Ya no está todo. Hoy se ve menos de la mitad de aquel, se mantienen las escalinatas y las columnas de la Facultad de Ingeniería, a la que yo entré, hace mil años. Faltás vos, o faltamos nosotros, de la mano.

Seguramente recordás que en la Avenida Belgrano (que no era avenida entonces) nos desviamos para ver la imagen del Convento Santo Domingo, portentoso.

Volvimos al Paseo Colón, a su parte más oscura, y mirábamos con recelo las puertas antiguas que se abrían solo si tocabas el timbre y te reconocían, vos querías tocar el timbre de una de ellas y yo no me animaba y te desanimé.  Eran prostíbulos encubiertos, y decían que quienes cubrían su seguridad eran hombres que  parecían salidos de los cuentos de cuchilleros de Borges. Mejor salir pronto y mirar lo menos posible.

Cruzamos la calle Independencia, donde yo viví de chico, Independencia entre Tacuarí y Piedras, ahora está ampliada y es la Avenida Independencia. Buenos Aires se agranda, como siempre.

Por fin llegamos a la esquina de Carlos Calvo, a dos calles del Mercado de San Telmo y ahí, en el Paseo Colón, entre Carlos Calvo y Humberto Primo, entramos en un bar, el tuyo, el que me querías mostrar.

Nos sentamos y esperamos al mozo para pedir vino y algo para picar, miré el techo del bar, sus paredes, todo acondicionado, pero antiguo. Vos me mirabas y sonreías, algo te divertía y no me enteraba. Hasta que llegó el mozo y nos preguntó: “¿qué van a tomar?”.  

Casi me río, era un enano liliputiense, y vos te reías y disfrutabas de mi asombro, me dijiste: “mira a los otros”, y miré a la barra y a las otras mesas y era de risa, pero había que contenerse.

Los cinco que atendían eran enanos y se parecían entre ellos, me dijiste que eran hermanos. No los había visto antes y nadie me había contado nada sobre ellos. Eran tu descubrimiento. Lo festejamos y brindamos con mucho vino. 

Después caminamos un par de cuadras más, como si presintiéramos todo lo que pasaría y nos detuvimos en lo que hoy es el Paseo de la Memoria.

Buenos Aires está cambiado, el Paseo Colón ya es otra cosa, y vos y yo también.—

 

 

EL SEÑOR GÁLVEZ

Era sábado, el primero del otoño. Estábamos con algunos amigos tomando el sol en un banco de la plaza central de Santa Eugenia, cuando se nos acercó un señor, con pinta de eso, de señor, de unos 65 años o más, y empezó a contarnos algo que no le salía muy explícito, por algún problema en su boca, tal vez por el frenillo, porque no parecía un alcohólico.

Le pedimos que hablara más  despacio, porque no le entendíamos bien, y él aceptó a la primera, porque subió el tono y moduló mejor, y dijo claramente que se llamaba Joaquín Gálvez, “me llamo Joaquín Gálvez”, dijo, y agregó que estaba muy disgustado con él mismo, porque el médico le había dicho que hiciera ejercicios de memoria y le hizo caso.

“Y maldigo ese día”, dijo Gálvez, “maldigo ese día porque me compré un libro con ejercicios de memoria y resultó muy efectivo”, dijo, “resultó muy efectivo y empecé a recordar momentos y acontecimientos de mi vida que tenía algo olvidados, y después, me llegaban más, pero en pelotón, como una manada desbocada”, dijo Gálvez, más emocionado, y pidió permiso para sentarse en el banco. Y se sentó y no lo conocíamos de antes de ese día, en el que, con algunos tertulianos amigos hablábamos del inicio del otoño y del cercano día en el que se reabriría, la nueva temporada de la Tertulia.

Gálvez tomó aire, resopló un poco, y siguió contando, “mi tía Cessie, viuda desde 3 días atrás, hermana mayor de mi madre, me pidió que saliera de testigo de  la cremación de su marido, el tío Sam. rápidamente pensé en decirle que no, no gracias o algo así, pero sentí, en mi nuca, se los aseguro, la mirada exigente de  mi madre, y le dije, “sí tía”.

“No recuerdo que edad tenía yo, 18 como mínimo, porque para esos menesteres tenía que ser mayor de edad, y sí recuerdo que era joven, joven y muy sensible. Por eso maldigo el día que le hice caso a mi médico”, contó Gálvez, y siguió.

(Lo escuchábamos con atención y con cierto morbo, y a pesar de un escalofrío compartido por todos, no queríamos interrumpir a Gálvez ni por varios escalofríos.)

Lo más fuerte, dijo Gálvez, “lo más fuerte para mí fue que de esa manada alborotada de recuerdos, que me llegaron a la cabeza y, tal vez al alma, este, el que les estoy contando, se transformó en el líder de la manada, es el recuerdo que más lamento y es el que más me aparece en mi cabeza, de día y de noche, y no entiendo qué hacía yo en esa situación, o por qué dije sí tía, voy.”, dijo Gálvez.

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EL PLAN DEL INGENIERO

Antes de decidir qué hacer, viendo que su viaje a Madrid necesitaba tiempo y suerte, Andrés fue a su trabajo. Hacía más de un año que no iba. Le habían aceptado su excedencia y le dijeron que seguiría siendo el director comercial.

Cuando llegó a la fábrica vio que la que era su oficina estaba ocupada por el director industrial, su hermano mayor, José Luis, lo saludó, con el tono más parecido a la normalidad que le salió, y le preguntó: ¿Dónde me siento?

El ingeniero interrumpió lo que estaba haciendo, lo miró, le sonrió y le señalo una mesa pequeña que estaba al lado de la puerta de la oficina en la que estaban, y le dijo, “Ahí mismo, por ahora”.    Andrés se sintió incómodo, pero se sentó, entendió que había algo más. Así que se quedó en silencio. Esperó a que su hermano, el ingeniero, le prestara atención, para no molestar, solo le preguntó, ¿Qué hago? y el ingeniero lo volvió a mirar y le dijo, “enseguida te invitaré a tomar un café y charlaremos”. Y así fue.

Fueron al bar de la esquina, se sentaron, pidieron un café cada uno, y el director industrial, su hermano mayor, le dijo, “No creo que te quieras quedar en Buenos Aires, la situación, en el mejor de los casos, te empujará hacia Madrid, donde ya está tu mujer y tus hijos”. Andrés, el director comercial, le preguntó: ¿Por qué pensás que será así?, y José Luis, el ingeniero, le dijo con rotundidad, “Porque leo los diarios. Y  porque te quiero, y me asusta la posibilidad de que te maten. Quiero que te vayas lo más pronto posible”. 

“No puedo”, le dijo Andrés, el que acababa de llegar, “No tengo pasaporte. Debo ir a buscarlo a la  central de la policía, en Moreno 1500. Y no me lo darán así nomás y tengo miedo, ésta es la realidad”.

Tranquilo, tengo un plan formidable, le dijo José Luis, el ingeniero, es para despistar a quienes te espíen o te sigan, hace falta paciencia y aguante. Te contaré los detalles sobre la marcha, en principio, estaremos festejando tu vuelta, saldremos todas las noches que sean necesarias, hasta que puedas irte. Estoy seguro que así podrás. Seguro, créeme.

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COMO EN REBECA

Anoche soñé que volvía a Buenos Aires, pero a un Buenos Aires de antes, de cuando todo era una fiesta, allá por los 70.

Enfilé hacia la calle Corrientes. En la esquina de Paraná, entré al bar “La Comedia”, que cerraron 2 o 3 años después, y lo vi, en las mesas del fondo, a mi amigo Patiño, ahora está muerto, pero en esa época no. Así que pedí un café y nos contamos las últimas novedades: estaban dando “Hiroshima Mon Amour”, en el cine Lorraine, y algunos salían del cine muy contentos, y otros decían que era un plomo. Teníamos que verla y escribir algo sobre la película, en la revista, en Barrilete.

No había mucho más para contar. Así que salimos a recorrer el circuito y “revisar el espinel”, el de siempre: Corrientes hasta Cerrito, al llegar cruzamos a la vereda de enfrente, en la esquina nos asomamos a la avenida 9 de julio y saludamos al Obelisco, y después volvimos caminando despacio, hasta Callao.

En el camino nos encontramos con varios amigos que hacían el mismo recorrido, la mayoría de ellos, con los que nos cruzábamos, ya estaban muertos cuando yo soñaba, algunos murieron decentemente, en su cama o en la cama de algún hospital o en la cama de algún prostíbulo. Otros no murieron, los mataron bestialmente.

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