RELATOS DE ANTES Y DE AHORA

 LA ENTRADA EN UNA ORDEN SECRETA

En el barrio de Santa Eugenia no se podían creer lo que se contaba de Pedro, pero se contaba. Javier, uno de los tertulianos, decidió buscarlo para preguntarle a él, sin tantas hipótesis que se manejaban en el bar del barrio. Pasados dos o tres días Javier nos convocó, a los más cercanos, a los tertulianos en activo, y nos dijo que Pedro se había apuntado a un curso muy particular y que llevaba más de un año estudiando el Desarrollo de Poderes Ocultos y estaba muy entusiasmado.
“¿Pero está en una secta o algo así?”, preguntaron varios; otros fueron más crueles: “¿Se volvió loco?”. Nada de eso, dijo Javier, con autoridad, está bien y tan bien que le dije que hablaría con ustedes para que lo invitáramos a exponer lo que hacía y por qué en la tertulia. José Luis, otro tertuliano, siempre medido,  dijo: “Antes de invitarlo como ponente   tendríamos que saber más, porque los invitados pueden alarmarse, ¿no? “. Miguel agregó: “Mejor sería que se reúna con nosotros antes del viernes, antes que comience la Tertulia y lleguen los invitados, y que nos cuente más o menos de qué va el  tema”. Así se aceptó por mayoría. Era miércoles así que quedaron para el jueves en el bar.
 
Cuando llegó Pedro todos vieron que había algo distinto en su cara, estaba radiante y contó que se apuntó a un curso por correspondencia en una Escuela de Enigmas porque este nombre lo ilusionaba, decía Pedro, que poder entender los secretos de la antigüedad sería más que interesante, sería mucho más que eso.
Nos dijo que hizo más de un curso, y que en marzo le escribió un mail Rafael, El Gran Preceptor, desde la misma dirección de la que le llegaban los cursos, y que lo invitó a que se encontraran  en Madrid, para tomar algo y charlar un poco, y él aceptó, y quedaron  en encontrarse en el bar que está frente al Reina Sofía.
Pedro seguía contándonos entusiasmado que esos cursos que hizo los había escrito un Gran Maestre Occidental, de una Orden no religiosa, que buscaba difundir secretos que, según él, el Maestre, debían ser conocidos por todos. Los demás, los tertulianos, fruncían el ceño.
Les aseguró Pedro, con un tono de voz sereno, que fue una experiencia profunda. Les dijo que cuando llegó  al sitio que le indico Rafael: un bar, compró una rosa blanca con tallo largo, en el  kiosco de la segunda esquina, tal como le indicó y que también le dijo, que debía esperar en el bar a otra persona  con otra rosa blanca de tallo largo en la mano y que no le diría nada y él tampoco tendría que hablar, pero debía seguirla y entrar donde ella entrara. Y fue una mujer la que entró al bar, tendría unos 50 años y se la veía bastante guapa, la siguió y entró en un portal con rejas negras, y el atrás. Le señaló una sala y entró y se senté a esperar, tal como le había dicho Rafael, esperó y esperó.
Se inquietó por la larga demora y empezó a pensar que no se merecía tanta espera, pero aguantó y cuando más nervioso estaba pensó que se sobrevaloraba, que esa espera podría ser una prueba para evaluar su propio ego. Y se reconoció a sí mismo como bastante ególatra, y pensó que en realidad debía agradecer a esa experiencia porque le hacía ver todo lo que debía mejorar en su carácter y en su forma de ver la vida en general.
De pronto, entró en la  sala, donde estaba él, un hombre joven, con gafas, de unos 30 años, y casi tropezó con él  y le pidió  disculpa. “¿Usted es Pedro?”, le preguntó  ese hombre joven. Y Pedro le dijo que sí y este hombre le pidió perdón, en nombre de todos: “Se nos fue el tiempo, nos olvidamos de usted y creímos que ya se había ido” le  dijo a Pedro, que nos seguía contando, aunque estaba menos entusiasmado, y nos dijo que este hombre joven le explicó que estuvieron intentando que funcionara bien el aparato del sonido y de las luces y se les pasó la cita que tenían con él. No le cayó nada bien a Pedro, que nos dijo que ese fue el final porque se levantó y se fue, en silencio.-

UN SUEÑO

Hoy volví a la calle donde nos conocimos. Recuerdo, como si tuviera tu fotografía en mi mente, que tenías un abrigo con caperuza azul celeste y tus pelos largos, negros, ondeaban al viento, esa imagen me hipnotizó.
Paseamos y vos dirigías, conocías las recovas de Paseo Colón, ahora es la Avenida Paseo Colón. Querías compartir conmigo tu descubrimiento. Era de noche, recuerdo casi todo el paisaje de entonces. Ya no está todo. Hoy se ve menos. Se mantienen las escalinatas y las columnas de la Facultad de Ingeniería, a la que yo entré, hace mil años. Faltás vos o faltamos nosotros, de la mano.
Seguramente recordás que en la Avenida Belgrano (que no era avenida entonces) nos desviamos para ver la imagen del Convento Santo Domingo, portentoso.
Volvimos al Paseo Colón, a su parte más oscura, y mirábamos con recelo las puertas antiguas que se abrían solo si tocabas el timbre y te reconocían, vos querías tocar el timbre de una de ellas y yo no me animaba y te desanimé.  Porque eran prostíbulos encubiertos, y decían que quienes cubrían su seguridad eran hombres que   parecían salidos de los cuentos de cuchilleros de Borges. Mejor salir pronto y mirar lo menos posible.
Cruzamos la calle Independencia, donde yo viví de chico, Independencia entre Tacuarí y Piedras, ahora está ampliada y es la Avenida Independencia. Buenos Aires se agranda, como siempre.
Por fin llegamos a la esquina de Carlos Calvo, a dos calles del Mercado de San Telmo y ahí, en el Paseo Colón, entre Carlos Calvo y Humberto Primo, entramos en un bar, el tuyo, el que me querías mostrar.
Nos sentamos y esperamos al mozo para pedir vino y algo para picar, miré el techo del bar, sus paredes, todo acondicionado, pero antiguo. Vos me mirabas y sonreías, algo te divertía y no me enteraba. Hasta que llegó el mozo y nos preguntó: “¿qué van a tomar?”.  
Casi me río, era un enano liliputiense, y vos te reías y disfrutabas de mi asombro, me dijiste: “mira a los otros”, y miré a la barra y a las otras mesas y era de risa, pero había que contenerse.
Los cinco que atendían eran enanos y se parecían entre ellos, me dijiste que eran hermanos. No los había visto antes y nadie me había contado nada sobre ellos. Eran tu descubrimiento. Lo festejamos y brindamos con mucho vino. 
Después caminamos un par de cuadras más, como si presintiéramos todo lo que pasaría y nos detuvimos en lo que hoy es el Paseo de la Memoria.
Buenos Aires está cambiado, el Paseo Colón ya es otra cosa, y vos y yo también.—

 

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